Cuando Leya abrió los ojos en la habitación del hospital, escuchó el susurro del jefe de médicos en el pasillo: “La insuficiencia hepática progresa muy rápido, no le quedan más de tres días”. La puerta se abrió y su esposo, Oliver, entró con un ramo de flores en la mano. Leya, bajo el efecto de los medicamentos, fingió estar dormida y entreabrió apenas los ojos. Oliver, convencido de que su esposa no lo percibía, se sentó al borde de la cama, tomó su mano y, con una sonrisa fría, susurró al oído: “Por fin… la casa, las cuentas, los negocios… Todo será mío. He esperado este momento toda mi vida.”

Oliver salió al pasillo y, frente a las enfermeras, fingió lágrimas: “Es todo para mí, cuídenla mucho, por favor”, mientras Leya ardía de rabia en silencio. Ese instante le confirmó, sin lugar a dudas, que él había estado a su lado durante años solo por dinero. Tan pronto como Oliver se marchó, Leya reunió toda su fuerza y llamó a María, la joven encargada de limpiar el pasillo frente a su habitación. “Si haces exactamente lo que te diga, nunca más tendrás que limpiar otra vez en tu vida”, le prometió.
Leya le indicó a María, con rapidez y precisión, la ubicación de la caja fuerte secreta, el número de su abogado y cómo acceder a ciertos archivos hospitalarios. María, al ver la determinación en los ojos de Leya, se puso manos a la obra. Para la mañana siguiente, todo estaba listo: todas las propiedades, inversiones y sociedades de Leya se habían transferido de inmediato a una gran fundación benéfica. A María se le asignó una parte suficiente para cambiar su vida por completo. El plan funcionaba a la perfección.

A la mañana siguiente, Oliver entró con su máscara de “marido afligido”. Tomó la mano de Leya y, con un sollozo fingido, preguntó: “¿Cómo te sientes, cariño?” Leya, reuniendo sus últimas fuerzas, susurró: “Oliver… ya firmé todos los documentos.” Los ojos de Oliver brillaron, creyendo que las propiedades ahora eran suyas, y preguntó emocionado: “¿Qué documentos, vida mía?” Leya, con una sonrisa cargada de amargura, respondió: “Todo lo doné a una fundación. Ni un centavo quedó para ti.”

El rostro de Oliver se contorsionó de ira. “¡¿Qué hiciste?! ¡Devuélvelo todo! ¡Ese dinero es mío!”, gritó avanzando hacia ella. Leya permaneció fría y serena: “Siempre esperaste que yo muriera, Oliver. Pero ahora, el verdadero perdedor eres tú. Mientras yo me voy en paz, tú quedas sin nada.” Los guardias sacaron a Oliver a la fuerza de la habitación, y Leya cerró los ojos por última vez, con la tranquila satisfacción de haber logrado la victoria más grande de su vida.