Cada día, una bandada de cuervos se reunía frente a la misma ventana։ Nadie entendía por qué — hasta que los habitantes se atrevieron a entrar

A primera vista, la antigua casa en las afueras de Portland no tenía nada especial: los escalones crujían, las luces parpadeaban y los vecinos discutían por la basura.

Pero desde hacía semanas, todos notaban algo inquietante. Cada mañana ocurría lo mismo: los cuervos se posaban en el alféizar del tercer piso, graznando y golpeándose entre ellos como si aguardaran una señal. Intentaron ahuyentarlos una y otra vez, pero siempre regresaban, atraídos por algo invisible.

Dentro del apartamento reinaba un silencio denso. El aire olía a té viejo y polvo. Sobre la mesa quedaba una taza a medio terminar, algunos periódicos ordenados con precisión y una manta doblada en el respaldo de una silla, como si la dueña hubiera salido solo por un instante. — Qué raro… — murmuró uno de los vecinos mientras abrían con cautela la puerta del dormitorio.

En la cama, acomodada entre almohadas perfectamente colocadas, descansaba una mujer mayor. A simple vista parecía dormida, pero el silencio absoluto revelaba la verdad. La mesita de noche conservaba sus gafas, un libro abierto y un pequeño plato con migas de pan.

Parecía que los cuervos regresaban cada día a ese lugar movidos por la costumbre o por algún recuerdo que solo ellos comprendían, quizás esperando a la mujer que solía asomarse a la ventana para arrojarles pan.

Cuando los vecinos cerraron la puerta y se marcharon en silencio, el familiar graznido volvió a escucharse desde el exterior, como si las aves siguieran guardando lealtad a quien ya no podía volver.

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