Cada noche me despertaba con la sensación de que el gato nos observaba atentamente a mi esposo y a mí, y esa imagen me resultaba aterradora.

Nuestro gato siempre dormía en nuestra habitación, en su propio rincón junto a la pared. Era un animal bastante tranquilo e inteligente, nunca nos molestaba. Sin embargo, últimamente había notado un cambio extraño en su comportamiento. Durante el día seguía siendo cariñoso y dócil, pero por las noches parecía no dormir nunca. Despertarme en mitad de la noche y ver dos ojos fijos mirándonos en la oscuridad me ponía los pelos de punta. Se sentaba al pie de mi almohada, observándonos sin parpadear. La situación se volvió tan inquietante que finalmente decidí llevarlo al veterinario.

Después del examen, el veterinario dijo: “Está perfectamente sano; quizá solo esté estresado o aburrido”. Esa respuesta no me convenció, porque esos ojos que sentía sobre nosotros no eran normales. Quería entender exactamente qué ocurría en la habitación mientras dormíamos. Sin otra opción, decidí instalar una cámara nocturna en la habitación, apuntando directamente a nuestra cama. A la mañana siguiente, al revisar las grabaciones en la computadora, primero me quedé paralizada y luego no supe si reír o llorar de la sorpresa.

Las imágenes eran claras: poco después de que nos dormíamos, el gato se levantaba y se acercaba a nosotros. Pero lo sorprendente era que su objetivo no era yo, sino mi esposo. Durante aproximadamente una hora permanecía inmóvil, como una estatua, mirando el rostro de mi marido. Y entonces comenzaba el verdadero espectáculo: cuando él empezaba a roncar, el gato extendía la pata con calma y la colocaba sobre su boca, manteniéndola allí hasta que los ronquidos cesaban. Cuando el sonido desaparecía, regresaba orgulloso a su rincón y se quedaba dormido plácidamente.

No pude evitar reírme al ver la grabación. Resulta que nuestro pobre gato solo estaba molesto por los ruidosos ronquidos de mi esposo. Esos ojos fijos que nos habían aterrorizado por las noches no eran una amenaza, sino parte de su “operación para silenciar”. Incapaz de tolerar interrupciones en su sueño, había desarrollado su propio método para mantener la calma: tapar la boca de mi esposo hasta que dejara de roncar, asegurándose así su propia paz.

Desde ese día, el miedo misterioso que sentíamos hacia nuestro gato se transformó en pura diversión. Ahora sabemos que quien mantiene el orden por las noches en nuestra habitación no es la tecnología de una cámara, sino un pequeño felino obsesionado con dormir tranquilo. Y mi esposo, completamente ajeno a su vigilante con patas, continúa durmiendo plácidamente. La vida, a veces, es capaz de esconder tras los momentos que más nos asustan una verdad tan cómica e inocente como esta.

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