Clarissa regresó de una escapada de diez minutos a una pastelería del barrio cargando con una tarta de graduación de preescolar adornada con dinosaurios de plástico, hecha por encargo. Al cruzar la puerta de la cocina, descubrió a su hijo Leo, de cinco años, con sus largos y oscuros rizos rapados al cero, dejando trasquilones irregulares por encima de las orejas. Su suegra, Brenda, rondaba por allí sosteniendo un recogedor de plástico abarrotado de mechones recién cortados. Un sinfín de cabellos sueltos salpicaba la espalda de la camisa de Leo, lo que impulsó a Clarissa a sentarlo sobre el lavabo para limpiarle la nuca con una toallita húmeda y comprobar si la maquinilla le había irritado o arañado el cuero cabelludo.
Fuera, en el patio trasero, empezaban a asomar los primeros invitados para la barbacoa de fin de curso. El montaje de la fiesta incluía bollos para hamburguesas, platos de cartón, cuencos de helado y jarras de limonada dispuestos junto al aspersor que regaba el césped de la terraza. Mientras los críos corrían por la hierba lanzando aeroplanos de espuma por encima de la valla de madera, Brenda colocaba los cucharones de servir en las mesas del banquete, erre que erre en su postura de que el pelo corto le sentaba mucho mejor a un chaval de su edad.

Clarissa se metió en la casa y, desde su móvil, marcó una videollamada para ponerse en contacto con su marido, John, destinado en el ejército. Alzó la pantalla del teléfono para que John pudiera contemplar el estropicio capilar de Leo y le explicó que Brenda se había saltado a la torera las directrices claras de ambos progenitores mientras ella recogía el encargo. Al otro lado de la línea, John cantó las cuarenta a su madre sin rodeos, sentenciando que a partir de ese instante se acababa el privilegio de quedarse a solas con Leo sin la supervisión directa de mamá o papá.
Concluida la charla, la juerga al aire libre prosiguió su curso; los asistentes encendieron las velas de la tarta jurásica y los chavales organizaron una monumental guerra de globos de agua en las inmediaciones de las mesas de pícnic. Al caer la noche y desfilar los últimos invitados, las bandejas de comida quedaron despejadas, dejando la encimera de la cocina desierta a excepción del infame recogedor coronado por el montículo de pelo.

Ya entrada la madrugada, Leo bajó las escaleras embutido en su pijama de dinosaurios para averiguar si su cabellera volvería a brotar antes de verse obligado a ir a clase luciendo una gorra de béisbol. Clarissa se quedó plantada en la cocina, clavando la mirada en el recogedor apostado junto al fregadero, antes de ponerse por fin a ordenar los restos del banquete de cara al día siguiente.