Nunca pensé que tendría que elegir entre mis propios hijos. Mis hijas, Kyra y Mattie, regresaron a casa después de la universidad, luchando con trabajos y alquileres, mientras que mi hijo de siete años, Jacob, dependía de mi amor y protección. Ellas eran fruto de mi primer matrimonio, y la amargura que su padre dejó atrás todavía se sentía, alejándolas de mí y volviéndolas indiferentes hacia William, mi difunto esposo y padre de Jacob.

Cuando llegó la tragedia y William falleció, nuestra casa se llenó de duelo. Jacob, necesitando consuelo, se aferraba a mí mientras mis hijas se mudaban en medio de este caos. Al principio fueron corteses, incluso compasivas, pero su frialdad hacia Jacob era evidente. Ignoraban sus intentos de acercamiento, dejándolo frustrado y herido: un niño indefenso atrapado en las secuelas de rencores adultos.

El punto de quiebre llegó cuando Jacob se enfermó. Confié en Kyra y Mattie para cuidarlo unas pocas horas, solo para descubrir que ignoraban sus llamadas y mensajes. Mi hijo, pálido y tembloroso, había sido dejado solo mientras ellas buscaban excusas. La revelación me golpeó con fuerza: su resentimiento hacia su padre había eclipsado todo sentido de responsabilidad o compasión.
La ira, la tristeza y el instinto de protección chocaron dentro de mí. Enfrenté a mis hijas y exigí cuentas. Sus disculpas sonaban vacías, sus excusas débiles. Supe en ese momento que debía actuar, no por rencor, sino por deber: proteger a Jacob. Les di una semana para mudarse, no porque las amara menos, sino porque ya no podía permitir que su negligencia continuara.
Hoy mi hogar es más tranquilo, pero también más seguro. Jacob se siente nuevamente protegido, ya no eclipsado por el rencor y la indiferencia. La decisión de ponerlo por delante de mis hijas mayores fue dolorosa, pero necesaria. No permitiré que mi hijo menor crezca sintiéndose no amado o descuidado. Hice lo que cualquier madre haría: proteger a su hijo, aunque eso parta el corazón.