
Poco después, sonó el teléfono de Sarah: al otro lado de la línea estaba su hermana gemela, que ahora se llamaba Claire. Le explicó que había retomado el contacto con su madre biológica seis meses antes y que había bordado a mano las nuevas mantas negras para las recién nacidas. Para esclarecer lo sucedido en el pasado, su madre abrió un baúl de madera de cedro en el que guardaba un paquete de sobres antiguos atados con una cinta azul. Dentro había cartas mensuales que nunca se habían leído, tarjetas de cumpleaños, copias de cartas enviadas y una fotografía tomada en el hospital en la que aparecían ambas bebés con gorritos iguales.
Claire confirmó durante la llamada que había encontrado las cartas sin abrir dentro de un armario después de la muerte de su madre adoptiva. Aquello demostraba que su madre biológica había intentado mantener el contacto de manera constante durante toda su infancia. Sarah organizó de inmediato un encuentro con Claire en un restaurante local para revisar antiguas fotografías familiares y hablar de su historia compartida en privado, sin la presencia de su madre.

Después de aquella reunión, Sarah regresó a casa para aclarar lo sucedido con su madre antes de contarle a Emily que había descubierto la existencia de una tía.
Dos días después, Claire visitó a Emily en su casa, una vez que esta recibió el alta hospitalaria. Allí, las dos mantas negras descansaban sobre los respaldos de las cunas de las gemelas, mientras toda la familia celebraba su reencuentro.