Habíamos pasado treinta y cinco años junto a Artur. Nuestro matrimonio, con el tiempo, se había vuelto como un mueble antiguo: familiar y seguro. Tengo cincuenta y cinco años y me gusta cuidar de mí misma; hago mis ejercicios matutinos y me esfuerzo por verme presentable. Artur, en cambio, tiene cincuenta y ocho años y siempre ha sido un hombre tranquilo. Pero últimamente pasaba más tiempo frente al espejo, metía el abdomen y empezaba a ponerse camisetas juveniles. Como si intentara, en vano, traer de vuelta a aquel joven que hace tiempo había dejado de existir.

Una noche, mientras cenábamos rodeados de sus platos favoritos, salió el tema de un conocido que se había casado con una mujer mucho más joven que él. Yo dije que me parecía lamentable y Artur, de repente, explotó. Habló de la naturaleza masculina y de la “virilidad” que, según él, se vuelve más valiosa con la edad. Luego, mirándome a los ojos, soltó la frase venenosa:
—¿Te das cuenta? Has envejecido. Tus ojos tienen arrugas, tu cintura se ha ensanchado. Antes eras vibrante, ahora solo eres una mujer doméstica. Pero yo sigo siendo un águila: experimentado, carismático, y las jóvenes todavía me miran.
Sentí que algo dentro de mí se rompía. Me levanté silenciosamente de la mesa y le dije:
—Párate.
Lo llevé frente al gran espejo del vestíbulo, bajo la luz brillante, y lo encaré.
—Seamos honestos —dije con calma—. Mira ese abdomen que tratas de esconder. No es un símbolo de estatus, es el resultado de tus cervezas nocturnas y tus entrenamientos pospuestos. Lo metes cinco segundos y vuelve a salir. ¿Eso es lo que llamas carisma?
No le di oportunidad de interrumpirme. Continué:

—Hablas de mis arrugas, pero mira tus bolsas debajo de los ojos. ¡Ahí se podrían guardar patatas! Tu piel está gris y cansada. Tus rodillas duelen, y cada mañana soy yo quien te recuerda tus pastillas. ¿De verdad crees que esas chicas jóvenes te miran con deseo? ¿O piensan “Espero que mi padre nunca llegue a esto”? No eres un millonario, Artur; así como estás, solo necesitas a alguien que te recuerde las medicinas. Ahora baja del cielo imaginario, gran águila.
Se sonrojó hasta los huesos y desvió la mirada del espejo. Tras unos segundos de silencio, balbuceó:
—Era broma… solo lo dije sin pensar… todavía eres la más hermosa para mí.

No dije nada. Porque ya no se trataba de un cumplido ni de una disculpa. Se trataba de dónde había perdido aquel hombre, a quien le entregué treinta y cinco años de mi vida, el respeto hacia mí. Esa noche comprendí que a veces los espejos no solo reflejan nuestro rostro, sino también el alma real y superficial de quien tenemos frente a nosotros.