Elegida únicamente por la forma y la delicadeza de sus manos, permanecía inmóvil entre veinte candidatas, con el rostro oculto bajo una gruesa tela blanca. Pero cuando el millonario finalmente señaló a la mujer que sería su esposa y retiraron el velo que cubría su rostro, lo que vio debajo lo dejó completamente paralizado de la impresión.

El millonario decidió elegir a su futura esposa fijándose únicamente en sus manos, sin siquiera verle el rostro. Pero cuando finalmente escogió a una mujer entre veinte candidatas y retiraron la sábana blanca que la cubría, se quedó completamente paralizado por la sorpresa…

Alexander tenía treinta y ocho años. Era dueño de varias empresas exitosas, vivía en una mansión espectacular y poseía una fortuna que le permitía comprar prácticamente cualquier cosa que deseara.

Durante años, había estado rodeado de mujeres hermosas. Modelos, actrices e hijas de empresarios influyentes soñaban con formar parte de su vida. Le dedicaban sonrisas encantadoras, lo colmaban de halagos y aseguraban que su dinero no tenía la menor importancia para ellas.

Pero Alexander había dejado de creer en aquellas palabras hacía mucho tiempo.

Cada vez que ocultaba su riqueza o insinuaba que sus negocios atravesaban dificultades económicas, la actitud de aquellas mujeres cambiaba casi de inmediato. Sus sonrisas desaparecían, comenzaban las excusas y, tarde o temprano, terminaban alejándose.

Una noche, después de otra cena agotadora con una mujer que parecía más interesada en su cuenta bancaria que en conocerlo de verdad, Alexander regresó a su mansión y llamó a su asistente, Michael.

—Quiero casarme —anunció.

Michael lo miró completamente desconcertado.

—¿Con quién, señor?

—No tengo ni idea.

Alexander guardó silencio unos instantes antes de añadir algo que dejó a su asistente todavía más confundido.

—Quiero que sea el destino quien elija a mi esposa.

A la mañana siguiente, Alexander dio a conocer su insólito plan.

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Sus empleados debían encontrar a veinte mujeres solteras de distintos orígenes y condiciones sociales. Su apariencia, situación económica y relaciones familiares no tendrían ninguna importancia. Además, nadie podría revelarle sus nombres, profesiones ni detalles de sus vidas.

Solo existía una condición.

Cuando las mujeres llegaran a la mansión, cada una tendría que sentarse cubierta por una sábana blanca idéntica a las demás, de manera que su cuerpo y su rostro quedaran completamente ocultos. Únicamente sus manos permanecerían a la vista.

—Examinaré sus manos, elegiré a una de ellas y me casaré con esa mujer —declaró Alexander con absoluta seguridad.

Michael pensó que su jefe había perdido definitivamente la cabeza.

—Señor, ¿no cree que debería existir una forma más razonable de encontrar esposa?

Pero Alexander ignoró sus preocupaciones sin pensarlo dos veces.

Unos días después, el majestuoso salón de la mansión quedó preparado para aquel acontecimiento tan extraordinario.

En el centro de la estancia habían colocado una mesa larga, junto a la cual estaban sentadas veinte mujeres. Todas permanecían ocultas bajo sábanas blancas, por lo que resultaba imposible distinguirlas unas de otras.

Solo sus manos sobresalían de la tela.

Alexander entró en el salón acompañado por Michael, varios empleados y algunos guardias de seguridad.

Se acercó a la primera mujer.

Tenía los dedos finos, las uñas perfectamente arregladas y un anillo de diamantes que brillaba en su mano. Alexander la observó brevemente antes de pasar a la siguiente candidata.

La segunda mujer tenía unas manos suaves y delicadas. La tercera llevaba una elegante pulsera. La cuarta lucía unas uñas largas y relucientes, como si acabara de salir de un exclusivo salón de belleza.

Alexander fue examinándolas una por una.

No tenía ninguna prisa. En ocasiones, rozaba suavemente los dedos de alguna candidata, estudiando su forma y la textura de su piel, como si aquellas manos escondieran un secreto que necesitaba descubrir.

Entonces llegó hasta las últimas mujeres.

De pronto, se detuvo.

Había algo en un par de manos que llamó poderosamente su atención.

No llevaban anillos ni pulseras, y tampoco tenían restos de esmalte costoso. Las uñas eran cortas y desiguales, mientras que la piel de las palmas estaba reseca y áspera.

Cerca del pulgar se distinguía una pequeña cicatriz descolorida.

Alexander tomó lentamente una de aquellas manos entre las suyas.

La mujer se estremeció.

Él deslizó un dedo sobre la cicatriz y su expresión cambió ligeramente. Durante varios segundos permaneció en absoluto silencio.

Finalmente, tomó una decisión.

—La elijo a ella.

Un silencio sepulcral invadió el salón.

Michael intercambió una mirada preocupada con los guardias. Nadie parecía saber qué decir.

—Señor —comenzó Michael con cautela—, quizá debería conocer un poco más a esta mujer antes de tomar una decisión tan importante.

—No.

—Pero esta mujer podría ser…

—Ya he dicho que no quiero saber absolutamente nada de ninguna de ellas antes de elegir —lo interrumpió Alexander con firmeza—. Mi decisión está tomada.

Entonces se volvió hacia la mujer cuya mano todavía sostenía.

—Quítenle la sábana.

Nadie se movió.

—Ahora mismo —repitió.

Uno de los guardias se acercó y levantó cuidadosamente la tela blanca que cubría la cabeza de la mujer.

En cuanto Alexander vio su rostro, se quedó inmóvil.

No podía creer lo que tenía delante de sus ojos.

La mujer que estaba frente a él era Sarah.

La misma Sarah que llevaba casi dos años trabajando como empleada de limpieza en su mansión.

Cada mañana llegaba antes que la mayoría del personal doméstico. Fregaba los suelos, limpiaba los dormitorios, quitaba el polvo de los muebles y vaciaba los cubos de basura. Trabajaba discretamente, sin reclamar atención ni intentar llamar la atención del dueño de la casa.

Y ahora, por alguna increíble casualidad, estaba frente a él convertida en la mujer que había elegido para casarse.

—¿Tú? —susurró Alexander, incapaz de disimular su asombro.

Sarah bajó la mirada, tan sorprendida como él.

Finalmente, Michael explicó lo ocurrido.

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Una de las candidatas originales había entrado en pánico poco antes de comenzar el evento y se había negado a participar. Como apenas quedaban unos minutos y Alexander había insistido en que debían ser exactamente veinte mujeres, los empleados buscaron desesperadamente a alguien que pudiera sustituirla.

Encontraron a Sarah limpiando una habitación cercana.

Después de convencerla de que ocupara temporalmente el asiento vacío, la cubrieron con una sábana y la colocaron junto a las demás participantes.

A nadie se le había ocurrido que Alexander pudiera elegirla.

De hecho, los empleados estaban convencidos de que la descartaría inmediatamente, porque sus manos no se parecían en absoluto a las de las mujeres adineradas que habían invitado.

Ni siquiera Sarah había imaginado que pudiera resultar elegida.

Alexander se volvió hacia Michael.

—¿Por eso intentabas detenerme?

Su asistente asintió con cierta incomodidad.

El millonario volvió a mirar las manos de Sarah.

Ahora comprendía por qué tenía la piel tan áspera, las uñas tan cortas y aquella pequeña cicatriz.

Eran las manos de una persona que trabajaba duramente todos los días.

Y, de repente, Alexander recordó algo que casi había olvidado.

Varios meses atrás, un costoso jarrón de cristal se había hecho añicos en el salón. Sarah estaba recogiendo los fragmentos cuando uno de ellos, especialmente afilado, le produjo un corte en la mano.

Alexander había pasado por allí aquella tarde. Recordaba haberle preguntado si se encontraba bien antes de continuar con sus asuntos.

Pocos minutos después, el incidente había desaparecido de su memoria.

Pero la cicatriz había permanecido.

—Lo siento mucho, señor —dijo Sarah en voz baja—. Nunca quise engañarlo. Me pidieron que me sentara aquí durante unos minutos y acepté porque estaban en una situación complicada.

Alexander la observó detenidamente.

Por primera vez en muchos años, se encontraba frente a una mujer que jamás había intentado acercarse a él por interés, que nunca había perseguido su fortuna y que ni siquiera había soñado con convertirse en su esposa.

Ella ni siquiera esperaba que él se fijara en su presencia.

Sin embargo, entre veinte mujeres cuyos rostros desconocía, había terminado eligiéndola precisamente a ella.

No por su belleza.

No por la familia de la que procedía.

No por el dinero que pudiera tener.

La había elegido sin saber quién se escondía bajo aquella sábana.

Michael se aclaró la garganta nerviosamente.

—¿Quiere que le diga que regrese a sus tareas, señor?

Alexander giró lentamente la cabeza hacia él.

—No.

Después volvió a mirar a Sarah y le tendió la mano.

—Hice una promesa —dijo—. Aseguré que no cambiaría mi decisión después de conocer el rostro de la mujer elegida.

Sarah lo contempló sin poder pronunciar una sola palabra.

Alexander le dedicó una sonrisa cálida y sincera, la primera que nacía verdaderamente de su corazón después de muchísimo tiempo.

—Parece ser —murmuró con dulzura— que, después de todo, el destino sí ha elegido a mi esposa.

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