Hice como que estaba dormida; mi esposo, creyendo que realmente lo estaba, confesó en secreto algo que me dejó horrorizada.

Cerca de la medianoche me metí en la cama y me di la vuelta, apoyando la espalda contra la pared. Mi esposo, Adrian, aún no dormía; la fría luz de su teléfono iluminaba débilmente la habitación. Cerré los ojos con fuerza y comencé a fingir que dormía. Minutos después, la luz del teléfono se apagó y un silencio pesado llenó el cuarto. Pero un escalofrío recorrió mi espalda cuando escuché su respiración profunda y su voz susurrando: “Dios, no sé cómo voy a vivir con esto. No quiero hacerte daño, pero tengo mucho miedo.”

Me quedé paralizada. Adrian, seguro de que yo dormía profundamente, siguió hablando consigo mismo. “Si se lo digo, lo perderé todo; pero si no lo hago, lo que hice está terriblemente mal”, murmuró. Esas palabras misteriosas me helaron el corazón. ¿Tenía miedo de perderme a mí… o era algo relacionado con otra mujer? Pronto se levantó de la cama y se dirigió a la sala. Mientras yo permanecía en la oscuridad, sentí como si los crujidos de nuestros diez años de matrimonio resonaran por toda la casa. Otra mujer, una enfermedad grave o un error irreversible… mi mente giraba en los escenarios más aterradores.

Finalmente, no pude soportarlo más y fui a la sala. Lo encontré en el sillón, las manos sobre el rostro, derrotado. Las sombras bajo la luz amarilla de la lámpara parecían observamos. “Lo arruiné todo”, murmuró. Nunca había escuchado tanta desesperación en su voz. Me senté frente a él y, intentando ocultar mi temblor, dije: “Basta ya, habla. ¿Qué está pasando?”

Al levantar la cabeza, sus ojos estaban inyectados en sangre. “Saqué un crédito”, dijo en un solo aliento. “Luego otro… y otro más… Invertimos todo en un proyecto que parecía seguro. Pensé que pronto nos haríamos ricos.” Sus palabras me golpearon como una bofetada. Al principio pensó que podía controlarlo todo, luego trató de cubrir deudas con más deudas. Y al final, la realidad estaba desnuda frente a nosotros: no quedaba un solo centavo y estábamos a punto de perder nuestra casa por las deudas.

“¿Por qué no me lo dijiste antes?”, pregunté, con la voz cargada de decepción. “Quise protegerte”, respondió. Esa respuesta me dolió más que cualquier otra cosa. Caminé hacia la ventana, le di la espalda y dije mi última palabra: “No me protegiste, Adrian. Solo me quitaste el derecho de conocer la verdad y de tomar decisiones contigo.” Cuando el silencio se asentó en la habitación, los dos sabíamos que esa traición era mucho más profunda que la pérdida material que enfrentábamos.

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