La joven fue a la peluquería para afeitarse el cabello que había perdido tras la quimioterapia, pero allí ocurrió algo inesperado.

Cada vez que la joven se miraba al espejo, veía un rostro familiar, pero extraño: los mechones caídos sobre su almohada, los cabellos que quedaban cada mañana en el cepillo, se habían convertido en un recordatorio doloroso. Estaba agotada, no solo por la enfermedad, sino por esa constante confrontación con su reflejo. Finalmente, tomó un profundo respiro y se susurró a sí misma: “Basta… debo aceptarlo para poder sobrevivir”.

Se puso su suéter favorito y caminó hacia la barbería del barrio, el lugar donde siempre trabajaban esos hombres tatuados que desde fuera parecían duros. Al entrar, los barberos notaron de inmediato que algo estaba mal al ver su expresión. Se sentó, abrazándose los brazos y con voz temblorosa dijo: “Chicos, la quimioterapia me ha hecho perder el cabello. Ya no puedo más. Por favor, quítenmelo todo”.

Un silencio pesado llenó la barbería. Aquellos gigantes que siempre bromeaban, se quedaron callados. Su amigo, el barbero, encendió silenciosamente la máquina. Cuando los primeros mechones cayeron al suelo, el corazón de la joven se encogió. El frío tocó su cuero cabelludo recién descubierto, y las lágrimas comenzaron a fluir. Cubriéndose la cara con las manos, sollozó: “Dios, todo este tiempo dejé crecer mi cabello… y ahora se va, duele demasiado”.

Entonces ocurrió algo que jamás olvidaría. Su amigo barbero detuvo la máquina por un instante, le puso la mano en el hombro y dijo: “No estás sola en este camino”. Luego volvió a encenderla, pero esta vez no sobre su cabeza, sino sobre su propio cabello negro y abundante. Entre la mirada atónita de la joven, se afeitó también su cabello a cero.

Entre lágrimas, ella preguntó: “¿Qué haces? ¿Por qué?”. El barbero sonrió y respondió: “Si tú estás luchando, yo estoy contigo. El cabello volverá a crecer, pero la amistad y el apoyo son más importantes que todo”.

En ese instante, la desesperación dio paso a una gratitud inmensa. Al mirarse en el espejo, ya no veía su cabello, sino la verdadera belleza de su lucha, y comprendió que no estaba sola en esta batalla.

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