Mi esposo me obligó a donar mi riñón a mi suegra diciéndome: “Demuestra que me amas, todo es por nuestra familia”; acepté, pero justo después de la cirugía presentó la demanda de divorcio y se fue con otra mujer.

Todo comenzó cuando mi esposo habló de la salud de su madre con una frialdad inusual. Mi suegra necesitaba un trasplante de riñón urgente, y él esperaba que yo hiciera ese sacrificio. “Si realmente me amas, lo demostrarás”, convirtió la situación en una especie de prueba de lealtad. Yo, creyendo que la familia era sinónimo de sacrificio mutuo y con la esperanza de que esta operación nos uniera más, acepté su petición.

Me interné en el hospital y pasé por una cirugía complicada. Al despertar, el dolor era agudo y punzante, pero en mi interior sentía paz; había hecho algo grande por el hombre que amaba. Durante días esperé que viniera, tomara mi mano, me diera las gracias y me dijera que todo estaría bien. Veía mi sufrimiento como un precio necesario por el bienestar de nuestra familia.

Tres días después de la cirugía, mi esposo finalmente entró a la habitación… pero no estaba solo. A su lado había una mujer orgullosa, impecable y vestida de rojo. Sin siquiera mirarme a los ojos, dejó un expediente sobre mi cama y dijo únicamente: “Firma”. Eran los papeles del divorcio. En ese instante comprendí que desde el principio solo había sido vista como una donante de órganos y que todo había sido un plan traicionero.

Pero el destino también tenía su sorpresa para ellos. El trasplante fue un éxito; los análisis de mi suegra mejoraron, pero la anciana no lograba ponerse de pie. Quedó postrada y necesitaba atención continua las veinticuatro horas del día. Medicamentos, inyecciones y todo el arduo cuidado recayeron sobre los hombros de esa mujer por la que mi esposo me había abandonado.

La amante de los sueños brillantes no soportó el olor a hospital ni las noches sin dormir. Seis meses después dejó a mi esposo con una nota y se fue. Él quedó solo, con su madre dependiente, en una casa silenciosa llena de culpa y con la humillación de haberlo perdido todo. Al final, la maldad siempre encuentra a quien se la merece.

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