
Le suplicaba a su madre que jamás hiciera sentir culpable a Audrey por su muerte y que no convirtiera el cumpleaños de su hija cada año en una sombría ceremonia de recuerdo. Al leer aquellas palabras, Giselle comprendió que su tradición, aunque nacida de buenas intenciones, había pesado demasiado sobre los hombros de la joven.
Cuando Audrey regresó de la escuela, Giselle le mostró la carta de su madre fallecida. Audrey confesó que le encantaba escuchar historias sobre Hannah, pero que el ritual anual de la vela blanca y los minutos de silencio impuestos le provocaban un profundo sentimiento de culpa. Por eso, su cumpleaños a menudo se sentía más como un día de duelo que como una celebración. Admitió que, año tras año, en lugar de pedir un deseo propio de la infancia, simplemente deseaba que su madre nunca hubiera muerto.

Conmovida por aquella confesión, Giselle le preguntó a Audrey qué era lo que realmente deseaba para su día especial. Audrey pidió trasladar la tradición de la vela blanca al verdadero cumpleaños de Hannah y, con una leve sonrisa, confesó que en realidad odiaba el pastel de fresa, el favorito de Hannah, y que prefería el chocolate.
Giselle aceptó el cambio de inmediato y sustituyó la tradicional tarta de fresa por una de chocolate. Esa noche, mientras quince velas de colores brillaban sobre el pastel, Audrey las apagó rodeada de sus amigos, que la vitoreaban. La vela blanca permaneció cuidadosamente guardada junto a la caja de Hannah, esperando el momento para el que realmente estaba destinada. Por primera vez en quince años, el cumpleaños de Audrey le pertenecía por completo, dejando atrás el antiguo dolor para abrir espacio a un futuro lleno de luz y alegría.
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