Mi nuera Emily cambiaba las sábanas todos los santos días y cada vez decía que era alérgica al polvo; hasta que un día levanté el edredón y vi esas manchas marrones… Cuando mi hijo se casó, Emily parecía la nuera perfecta: amable, paciente y siempre sonriente. Todos comentaban lo ideal que era como esposa, pero poco después del matrimonio empecé a notar algo extraño.

Emily, que vivía con nosotros, desmontaba y lavaba todas las sábanas cada mañana sin excepción, y a veces incluso lo hacía por la noche. Cuando le pregunté por qué limpiaba tanto, sonrió y dijo que solo podía dormir en sábanas impecables. Pero había miedo y preocupación en sus ojos que no podía ocultar. Sentí que esto no era simplemente una obsesión por la limpieza.
Un sábado, al volver del mercado, creí que no había nadie en casa y entré al dormitorio. Un olor metálico y pesado llenaba el ambiente. Al levantar el edredón, me quedé paralizada: sobre la cama había manchas marrón oscuro, secas, mezcladas con restos antiguos y recientes. No era suciedad común, eran claramente rastros de sangre. Mi corazón se aceleró; ¿qué estaba tratando de ocultar Emily?

Esa noche, cuando la enfrenté, su rostro se puso pálido. Con las manos temblorosas se subió la manga del pijama y allí estaban: docenas de cicatrices, viejas y recientes, en sus brazos. Detrás de esa sonrisa feliz que todos admiraban durante el día, se escondía un alma herida que se hacía daño a sí misma en secreto. “Por favor, no se lo digas a nadie”, susurró, aterrada de parecer débil o de no ser querida.

Fue entonces cuando entendí que toda esa limpieza diaria no tenía que ver con la higiene. Cada mañana, al lavar las sábanas manchadas de sangre, Emily intentaba ocultar el dolor profundo y las crisis nocturnas que sufría. Su perfección aparente era un muro construido para sofocar sus gritos de ayuda. Desde ese día comprendí que incluso los hogares más impecables pueden ocultar heridas oscuras que nadie ve.