Después de cuatro años dedicando todas sus energías al trabajo y a las obligaciones familiares, Caitlin y su esposo, Derek, por fin organizaron una escapada de tres días a una casa junto al lago para disfrutar de un poco de tranquilidad. Pero sus planes se vinieron abajo cuando Donna, la madre de Derek, decidió invitarse a sí misma y también a su hermana Clara. A pesar de las protestas de Caitlin, ambas llegaron cargadas de maletas, se adueñaron inmediatamente del dormitorio principal y empezaron a tratarla como si fuera su empleada, insistiendo en que ellas eran “demasiado mayores” para hacer cualquier cosa que no fuera descansar.
Caitlin terminó convertida en la criada de la casa, atendiendo cada uno de los caprichos de las dos mujeres mientras soportaba quejas constantes sobre las toallas, la comida y cualquier detalle que se les ocurriera. Derek permaneció al margen, sin defender a su esposa, dejando que ella afrontara sola las exigencias de su madre y de su tía. Cansada del desprecio y agotada por aquella situación, Caitlin comprendió que debía dejar de permitir que se aprovecharan de ella y tomar cartas en el asunto.

Entonces decidió recurrir a alguien que sabía que podía cambiarlo todo: Evelyn, la propia madre de Donna, una mujer de ochenta y dos años conocida por su carácter firme y sus exigentes principios. Esa misma noche, Caitlin la llamó fingiendo preocupación por el comportamiento de Donna, consciente de que su suegra temía a su propia madre más que a cualquier otra persona. A la mañana siguiente, Evelyn apareció en la casa del lago con una escoba en la mano y una presencia tan imponente que Donna entró en pánico apenas la vio.
Nada más llegar, Evelyn tomó el control de la situación. Criticó el estado de la casa y ordenó a Donna y a Clara que comenzaran a limpiar de inmediato. Ignoró sin contemplaciones sus intentos de descansar y les recordó que ella había trabajado duro incluso después de cumplir los ochenta años, por lo que esperaba exactamente lo mismo de ellas. Bajo su estricta supervisión, las dos mujeres terminaron fregando ollas y barriendo la terraza, viendo cómo sus planes de pasar el fin de semana siendo atendidas se desmoronaban por completo.

Cuando todo terminó, Derek comprendió por fin el error de no haber defendido antes a su esposa. Le pidió perdón a Caitlin y ambos pudieron disfrutar al fin de la escapada tranquila que habían imaginado desde el principio. Mientras descansaban juntos en el muelle contemplando el lago, todavía podían escuchar a lo lejos la voz firme de Evelyn poniendo en su sitio a su hija y a su hermana, asegurándose de que el resto del fin de semana la paz quedara reservada para quienes realmente se la habían ganado.