Nunca había planeado ser madrastra. Cuando conocí a Daniel, su hija Lily, de siete años, entró en mi vida con paso silencioso y cauteloso, como si evaluara constantemente si podía confiar en mí. Su madre biológica había desaparecido años atrás, eligiendo otra vida, y yo nunca intenté reemplazarla. Solo estuve ahí. Preparaba sus almuerzos exactamente como a Lily le gustaban, aprendí a trenzarle el cabello sin tirar de él, trabajé horas extra para costear aparatos dentales, clases particulares y hobbies que más tarde abandonaría. Asistí a cada concierto y cada partido, y cuando Daniel decía que Lily tenía suerte de tenerme, yo siempre respondía que la afortunada era yo.
Todo cambió el día en que Daniel murió repentinamente de un infarto. Lily tenía apenas dieciséis años, y el dolor la golpeó como una tormenta. La sostuve en sus momentos de llanto y silencio, cuidé de ella cuando apenas comía, y pasé noches en vela, escuchando sus pasos por miedo a que el peso de su dolor la quebrara. De la noche a la mañana me convertí en su único padre —aunque nunca de manera legal. No la adopté, no porque no quisiera, sino porque creía que el amor no necesita formalidades, y porque su madre aún estaba en algún lugar. Elegí a Lily todos los días, incluso cuando creció y comenzó a construir su propia vida.

En su décimo octavo cumpleaños, todo parecía normal. La abracé antes de ir al trabajo, le dije que la amaba y prometí celebrar más tarde. Por la noche, al volver a casa, encontré mi maleta en el porche; una nota, escrita con la cuidadosa letra de Lily, decía que ya no podía entrar a la casa. Mis manos temblaban, y el pánico me invadió. La llamé de inmediato, desesperada por respuestas, y ella me pidió que la encontrara en una dirección desconocida, a dos ciudades de distancia. Con miedo, conduje hasta allí, repasando mentalmente cada posible error que podría haber cometido en los últimos once años.
La dirección me llevó a un pequeño salón cerca del aeropuerto. Lily estaba afuera, esperando nerviosa. Al verme, me abrazó con fuerza y me entregó un sobre con dos boletos de avión y una nota. En ella me agradecía por cada sacrificio, por quedarme, por elegirla y nunca pedir nada a cambio. Explicaba que, con parte de su herencia, sus ahorros y un trabajo silencioso que llevaba haciendo un año, había organizado un viaje para mí: ese viaje del que siempre hablaba pero nunca emprendía.

Antes de despegar, insistió en un corte de cabello y un tratamiento facial que había pospuesto durante años, recordándome que yo también importaba. En el aeropuerto, me tomó la mano y dijo que yo no era su madrastra —era su madre, por elección, por amor, por cada día que estuve ahí. Mientras caminábamos lado a lado por el control de seguridad, comprendí que, por primera vez en más de una década, me permitía descansar, recibir cuidado y creer que quizá —solo quizá— había hecho algo bien.