En el patio de la prestigiosa academia, las risas resonaban: — ¡Miren, llegó el robot! Todos señalaban al chico con desprecio.
Ethan, de doce años, hijo del constructor más rico de la ciudad, caminaba con la cabeza baja. Cada clic de su prótesis le dolía como un golpe en el corazón. Ni el uniforme caro ni su apellido famoso podían ocultar lo que era evidente: él era “diferente”. — Eh, chico de metal, ¿ya se te acabaron las pilas? — gritó uno de los abusones. Ethan solo encogió los hombros, deseando desaparecer. Pero entonces, una voz firme se escuchó por encima de las risas: — Déjenlo en paz. La multitud se apartó. Delante de ellos estaba una niña con piel oscura y zapatillas gastadas. — ¿Y tú quién eres? — bufó uno de los chicos. — Su amiga, — respondió ella con calma. Esa palabra — amiga — resonó en Ethan como un regalo inesperado. Así comenzó su amistad.

Más tarde, en el pequeño apartamento de Naomi, la abuela observó la prótesis del chico y palideció. Sus dedos temblaban y sus ojos se llenaron de miedo. — Dios mío… — susurró. — ¿Quién te hizo esto? La señora Green guardó silencio unos minutos, examinando cuidadosamente la prótesis. Luego se levantó con decisión: — Debo hablar de inmediato con tus padres…
Ethan bajó tímidamente la mirada. — Yo… no tengo madre. Solo tengo una madrastra y mi padre. La abuela apretó los labios: — Que venga tu padre. Esto no puede esperar. Minutos después, sacó un teléfono antiguo y marcó el número que Ethan le dio con voz temblorosa. — Señor Carter, habla la señora Green. Debe venir inmediatamente. Se trata de su hijo. El tono no admitía discusión…

La puerta se abrió de golpe y un hombre alto, con un abrigo caro, entró en la habitación. Su mirada era segura, pero cansada — acostumbrado a controlar la ciudad, no a su propio hijo. — ¿Qué sucede? — preguntó, echando un vistazo rápido a Ethan. La señora Green se acercó y habló en voz baja: — Su hijo no sufre por la herida en sí, sino porque alguien está saboteando su recuperación. Señaló la prótesis: — Está mal ajustada. No es casualidad. Le causa dolor y debilita sus músculos…
Las palabras cayeron como cuchillos. ¿Sabotaje? Pero quien debía cuidar al niño era su madrastra, Victoria, la supuesta esposa “amorosa” de su padre. Días después, la verdad salió a la luz: la prótesis había sido manipulada intencionalmente, y los medicamentos que le daba debilitaban sus músculos. Victoria controlaba todo para mantener al niño indefenso y proteger el patrimonio. Finalmente, Victoria fue declarada culpable, y el escándalo sacudió toda la ciudad.