El rítmico tintineo del metal frío contra el hueso fue lo primero que devolvió a Elena a la conciencia. La cabeza le palpitaba violentamente, un dolor sordo y punzante detrás de los ojos mientras intentaba levantarse las manos para frotarse las sienes. No se movían. El pánico, agudo y repentino, perforó la niebla de su mente. Parpadeó ante el hostigamiento del sol del mediodía; su visión, borrosa al principio, de pronto cobró un enfoque aterrador. Estaba bocarriba, con las muñecas y los tobillos firmemente amarrados con gruesas cuerdas de cáñamo, anclada de forma inamovible a los pesados tablones de madera de una vía de tren activa.
Antes de que pudiera procesar el horror de su cautiverio, una vibración baja y ominosa estremeció los rieles bajo su cuerpo. Allá a lo lejos, donde las líneas gemelas de acero convergían cerca del horizonte, una columna de humo oscuro se elevaba hacia el cielo despejado. Un lamento metálico y distante resonó en el aire: el inconfundible silbato de una locomotora que se aproximaba. El tren venía en camino, y ella estaba atrapada directamente en su trayectoria.

Julián corrió a toda velocidad por el terraplén de grava, con el aliento entrecortado y el corazón martilleándole el pecho. Llevaba horas buscando a Elena, siguiendo un rastro de pistas dispersas que lo condujeron hasta ese remoto tramo de campo. Ver su pequeña silueta atada a las vías le inyectó una descarga de pura adrenalina en las venas. Cubrió la distancia restante en un torbellino de desesperación, cayendo de rodillas a su lado justo cuando otro estruendo frenético del silbato del tren desgarró el silencio. La locomotora ya era visible: un rugiente titán de acero que devoraba las vías, completamente ajeno a la tragedia que aguardaba más adelante.
—¡No te muevas, Elena! ¡Te tengo! —gritó Julián para sobreponerse al creciente rugido. Rebuscó en sus bolsillos con dedos resbaladizos por el sudor y sacó una pequeña navaja. Volcó todo su peso en la tarea, serruchando furiosamente las gruesas cuerdas que le apresaban las muñecas. La hoja estaba desafilada y las ásperas fibras se resistían, deshilachándose con una lentitud frustrante mientras el suelo bajo ellos empezaba a sacudirse violentamente. El tren se les echaba encima, una muralla de hierro y vapor rugiente a solo un cuarto de milla de distancia.

A escasos segundos del impacto, la hoja de la navaja se partió de golpe bajo la inmensa presión, saliendo despedida de la mano de Julián para perderse entre la maleza. Elena gritó cuando la sombra del enorme tren se cernió directamente sobre ellos, y el viento ardiente de su avance le azotó el cabello contra el rostro. En un último y ciego acto de desesperación, Julián no intentó desatarla. En su lugar, arrojó todo su cuerpo contra el propio tablón de madera de la vía. Usando un pesado clavo de hierro que yacía al costado, hizo palanca con una fuerza sobrehumana nacida del puro terror, forzando la madera podrida hasta que se partió con un crujido seco, liberando el anclaje que sujetaba las cuerdas. Agarró a Elena por la cintura y se lanzó con ella colina abajo por el empinado terraplén, justo cuando el tren pasó tronando a su lado, y la ráfaga de aire les desgarraba la ropa.
Rodaron por la pendiente cubierta de hierba, a salvo pero sin aliento, mientras los interminables vagones del tren de carga rugían por encima de ellos. Mientras Julián estrechaba a Elena contra sí, temblando pero vivo, ambos miraron hacia el tren que pasaba. Al mirar a través de las ventanas del furgón de cola, alcanzaron a ver al hombre que había encadenado a Elena a las vías —el corrupto alcalde del pueblo—, quien los miraba estupefacto, sosteniendo la evidencia de sus crímenes. Al intentar asesinar a Elena en las vías, el villano, sin saberlo, se había colocado directamente en el camino de las autoridades que lo aguardaban en la mismísima siguiente estación, resolviendo por completo el misterio y poniendo fin a su pesadilla.