La implacable lluvia había transformado la tierra del cementerio en un lodo denso y sofocante, un vivo reflejo del peso opresivo que estrujaba el pecho de Thomas. Se había quedado allí rezagado, mucho después de que los demás deudos se marcharan, incapaz de apartarse de la fosa recién cubierta de una desconocida cuya breve esquela, por alguna inexplicable razón, lo había arrastrado hasta ese lugar. El silencio del camposanto era absoluto, perturbado únicamente por el golpeteo rítmico del agua contra su paraguas. De pronto, un estrépito quebró la calma: un rasguño frenético y amortiguado proveniente de las entrañas de la tierra, seguido de un grito ahogado y desesperado que pareció hacer vibrar la planta misma de sus zapatos.
Con el pánico fundiéndose en pura adrenalina, Thomas cayó de rodillas y comenzó a escarbar la tierra suelta con sus manos desnudas. Divisó una pala abandonada cerca de allí, la aferró y cavó con una fuerza frenética que desconocía poseer, hasta que el metal chocó secamente contra la madera pulida del ataúd. Con un último y agónico esfuerzo, apalancó la tapa hasta abrirla; esperaba encontrarse con una alucinación digna de una película de terror, pero lo que halló fue a una mujer viva que luchaba por respirar. Ella tenía los ojos desorbitados por el espanto y las manos ensangrentadas de tanto arañar el forro de satén, jadeando en busca de aire como si se estuviera ahogando en la nada.

Thomas la rescató de aquella fosa oscura y la envolvió con su abrigo mientras ambos buscaban refugio bajo el dosel de hormigón de un mausoleo cercano. A medida que la hiperventilación de ella disminuía, él comenzó a hablarle con delicadeza para calmarla, explicándole dónde se encontraba y la inverosímil realidad de que acababa de ser sepultada viva. Se llamaba Clara y, conforme el shock inmediato empezaba a disiparse, su mirada perdió el vacío de la muerte, siendo reemplazada por los destellos afilados y desgarradores de los recuerdos que volvían a emerger. Rememoró un comedor, el parpadeo de una vela y una copa de plata con vino que le había servido alguien en quien confiaba ciegamente.
Los fragmentos de sus últimos instantes de conciencia se ensamblaron como cristales rotos. Recordó el calor súbito y paralizante que se había propagado por sus venas, congelando sus extremidades mientras dejaba su mente en una vigilia aterradora. Recordó haber escuchado las llamadas frenéticas a los paramédicos, la solemne declaración de su fallecimiento por parte del médico de la familia y las lágrimas de su esposo; unas lágrimas que ahora comprendía que eran de pura falsedad. No se había tratado de un milagro médico ni de un trágico error: la habían paralizado y desechado deliberadamente.

Aproximándose tanto que su aliento rasgaba el aire gélido, Clara aferró el brazo de Thomas con una firmeza que desafiaba su apariencia frágil. Le susurró la última y espantosa certeza que acababa de cristalizar en su mente: la parálisis estaba calculada para desaparecer justo en ese momento, porque su esposo no solo la quería muerta, sino que deseaba que sufriera la agonía claustrofóbica de la tumba. Pero la verdadera pesadilla radicaba en el motivo de tanta prisa por sepultarla: él ya estaba ejecutando ese mismísimo plan con la hermana gemela de Clara esa misma noche. Thomas la contempló sumido en un estupor absoluto, mientras el frío presentimiento lo invadía: el reloj corría en su contra y debían actuar de inmediato para impedir un segundo asesinato.