Una joven de 22 años se casó con un hombre 40 años mayor que ella para salvar a su abuela enferma; pero la primera noche, aterrorizada por su esposo, fingió dormir…

Una joven de 22 años se vio obligada a casarse con un hombre 40 años mayor que ella para poder salvar a su abuela enferma. Había crecido en la pobreza y trabajado duramente toda su vida, pero los gastos de los medicamentos de su abuela la habían dejado al borde de la desesperación, y la propuesta de matrimonio de aquel hombre rico se le presentó como una tabla de salvación. Cuando llegó la noche de bodas, abrumada por un miedo profundo y un asco intenso hacia su esposo, no supo qué hacer; así que, al meterse en la cama, cerró los ojos con fuerza y fingió dormir.

En la oscuridad, con el corazón latiéndole como un tambor, sintió la presencia de su esposo entrando en la habitación. Observaba cada uno de sus movimientos con terror, temiendo incluso que él la tocara. Pero nada de lo que esperaba ocurrió; la cama crujió levemente, la luz se apagó y un silencio profundo llenó la habitación. La joven pasó la noche entera inmóvil, en un mar de miedo y dudas, preguntándose qué haría él mientras ella permanecía quieta.

Al despertar por la mañana, un extraño presentimiento la hizo sobresaltarse y saltar de la cama. Temía haber sufrido algo terrible durante la noche y revisó su cuerpo, pero todo estaba en su lugar. La habitación estaba llena de luz y su esposo estaba ya vestido, apoyado contra la pared, observándola. Fue entonces cuando comprendió lo que realmente había sucedido durante la noche y se estremeció ante la verdad.

Se dio cuenta de que su esposo no la había tocado en absoluto; por el contrario, la había cubierto con una manta con cuidado y se había retirado silenciosamente a la otra habitación. Al salir de la habitación atraída por el aroma del desayuno, lo encontró preparando la comida en la cocina. Con tranquilidad, él le dijo: “Sé que tenías miedo y es totalmente normal. Nunca te obligaré a nada; esperaré todo el tiempo que necesites para que te acostumbres”. La joven sintió cómo la vergüenza reemplazaba poco a poco su miedo.

Conmovida por aquella bondad inesperada, comprendió por primera vez que alguien la valoraba como persona, no como un objeto. Él le explicó que el amor no debía nacer del miedo, sino de la libertad y la voluntad; le dio el tiempo necesario para adaptarse. Mientras ella, con voz temblorosa, le daba las gracias, empezó a entender que ese matrimonio no era una prisión, sino tal vez el puerto más seguro que podría encontrar en su vida.

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