Una mujer aterrorizada escapa de un pozo en el bosque tras un encuentro con una criatura impactante que despoja a su atormentador de todo control

La tierra húmeda se colaba entre los dedos de Alana mientras arañaba, en un intento inútil, las escarpadas y lodosas paredes de la fosa. Atrapada a tres metros bajo el suelo del bosque, su respiración se entrecortaba en jadeos aterrorizados que resonaban con un eco hueco en aquel espacio tan confinado. Allá arriba estaba Arthur, con su silueta recortada contra la copa de los árboles, mirándola hacia abajo con una sonrisa de suficiencia tan gélida y calculadora que le heló la sangre más que el aire húmedo de la noche. No pronunció una sola palabra; se limitó a reajustar su agarre en la linterna, haciendo bailar el haz de luz burlonamente sobre el rostro de ella, solo para recordarle quién tenía el control absoluto en ese juego tan perverso.

El pánico de Alana se disparó al darse cuenta de que sus botas no lograban aferrarse a la pendiente desmoronable, y la pesada certeza de que escapar era imposible comenzó a asentarse en su pecho. Gritó por ayuda, con la voz quebrada por la desesperación, pero Arthur solo se cruzó de brazos, saboreando el dominio total que poseía sobre su destino. El silencio del bosque remoto parecía conspirar con él, tragándose sus súplicas y dejándola enteramente a su merced.

De pronto, un sonido inesperado rasgó la densa arboleda, quebrando la opresiva quietud y congelando a Arthur en el acto. No era el viento, ni el crujido familiar de las pequeñas criaturas del bosque; era un retumbar profundo, rítmico y resonante que vibraba en la mismísima tierra bajo sus pies. Alana dejó de forcejear y dirigió la mirada hacia arriba justo cuando la confianza se le escurría a Arthur del rostro, transformando su sonrisa burlona en una mueca de puro e implacable desconcierto.

Arthur giró lentamente hacia el origen del ruido, alzando la linterna para perforar la oscura línea de los árboles, pero lo que vio a continuación hizo que el aliento se le atorara violentamente en la garganta. Emergiendo de las sombras no apareció un equipo de rescate, sino un imponente gorila de espalda plateada, cuyo poderoso pecho se inflaba al dar un paso hacia el tenue reflejo del claro. La absoluta imposibilidad de toparse con semejante criatura en estos bosques del norte golpeó a Arthur con un impacto paralizante, destrozando por completo su ilusión de control.

Antes de que el hombre, estupefacto, pudiera siquiera intentar correr, la majestuosa bestia lanzó un rugido ensordecedor que hizo desprender las hojas de las ramas y arremetió hacia el frente con una velocidad aterradora. Preso del pánico, Arthur dejó caer la linterna y tropezó hacia atrás entre la maleza mientras huía para salvar su vida; sus alaridos de terror se desvanecieron rápidamente en la distancia a medida que el gorila lo perseguía lejos del claro. El silencio regresó a la fosa, salvo por el zumbido de la linterna caída que descansaba cerca del borde, cuyo haz de luz iluminaba ahora una liana gruesa y baja que el alboroto había desprendido del dosel arbóreo. Aferrándose a ella con una esperanza renovada, Alana se impulsó hacia el aire fresco de la noche, finalmente libre, mientras su torturador se convertía en la presa indefensa dentro de un bosque que ya no le pertenecía dominar.

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