Una mujer pobre, conmovida por tres huérfanos, los alimentó con una sopa caliente; veinte años después, frente a la destartalada choza de la mujer, se detuvieron tres autos de lujo: lo que ocurrió después dejó a todos boquiabiertos

El pequeño puesto de Valentina Teyze, al borde de la calle, desprendía el aroma de la sopa recién hecha. Mientras se preparaba para cerrar al caer la noche, vio a lo lejos a tres niños refugiados unos en otros. Eran delgados, con la ropa hecha jirones y en sus ojos brillaba un hambre indescriptible; parecía que se disculpaban con el mundo simplemente por estar ahí. El más valiente se acercó y susurró: “Tía, ¿queda algo de comida?” Valentina Teyze no dudó ni un segundo; los invitó a sentarse y puso frente a ellos tres tazones humeantes de sopa y pan fresco. Los niños comieron rápido y en silencio, como si temieran que todo fuera un sueño.
Valentina Teyze jamás imaginó que aquella sencilla acción se transformaría, años después, en un milagro que llamaría a su puerta. Pasaron exactamente veinte años. La anciana estaba nuevamente detrás de su puesto, removiendo su olla de siempre, cuando al fondo de la calle aparecieron tres Lamborghinis negros. El rugido de los motores estremeció la calle y de cada coche bajaron tres hombres impecables y distinguidos. Sin embargo, al ver el puesto de la mujer, sus expresiones serias se desvanecieron por completo.

Uno a uno, los tres hombres se arrodillaron sobre el asfalto polvoriento frente a la mujer que les había dado de comer hace dos décadas. “Nos encontraron a nosotros,” dijo Valentina Teyze, sorprendida. Uno de ellos, con los ojos vidriosos, respondió: “No, tía… fuimos nosotros quienes la encontramos a usted. La primera noche que dormimos sin miedo fue la noche que nos dio aquella sopa. No solo nos dio alimento, nos recordó que éramos humanos. Si estamos vivos y en la posición que tenemos hoy, es gracias a ese tazón de sopa de aquella noche.”

Dejaron sobre la mesa un expediente; dentro había la escritura de una casa que cambiaría su vida, una cuenta bancaria generosa y documentos de un seguro médico vitalicio. Valentina Teyze intentó rechazarlo moviendo las manos: “No hice nada especial,” dijo. Pero los hombres insistieron: “Usted creyó en nosotros en nuestro momento más difícil.” Entre lágrimas, la anciana miró a los tres hombres, mientras todos los que observaban la escena en la calle quedaron congelados ante aquella muestra de gratitud y lealtad.